LÍRICO
La magia entre los querubines se convierte en frenesí.
Esterilidad.
El cortejo da inicio. El preludio del fin está por comenzar. Entre la penumbra corren pequeños venados, de patas largas y cuellos descomunales. Aparecen alrededor elefantes con sus orejas alas de mariposa. Un colibrí probando la miel que derraman las flores silvestres.
Pequeña doncella, creación de ternura y nobleza, no de lujuria, ni deseo. Dócil instrumento. Ella es como la escuadra, el cómo el compás. Los árboles cantan melodías distorsionadas. Las golondrinas mueren por cada beso de los plebeyos. Suenan las trompetas, doblan las campañas, los platillos acompañan. Se acercan, cada vez más.
Del paraíso nadie puede salir, del infierno nadie se salvará. Bailan en la hoguera y el fuego es cómplice perfecto de la huida. Mientras tanto la mujer de plata brilla de forma prominente. Trata de esconder el rubor de sus mejillas por ver tal escena marcada por el desenfreno. Tomando las nubes de algodón alrededor de su rostro cual gabardina, no puede contener las lágrimas de cristal que derrama, por accidente las esparce por el cielo y tiritando se vuelven en pequeños diamantes.
Los fugitivos no creen que son descubiertos y en esta noche perfecta se despojan de sus pieles, mantos y almas.
Juegan a ser mortales, mortales más que nunca. Sólo pueden cubrirse con sus plumajes. Incómoda, el querubín arranca sus alas usando de cuchillo las hojas caídas de los cerezos, son lo demasiado puntiagudas para cortar hasta los pensamientos más sublimes.
Se desespera, desea ser humana, lo más humana posible y lo logra, comienza a sangrar por la espalda. Quiebra sus alas, las mutila. El diablillo la abraza, fervoroso, creyente, obediente. La calma tocando sutilmente el centro de su pecho. Se percatan que el querubín derrama leche por sus tiernos y jugosos pechos. El ángel oscuro procede a succionar cada torrente de manantial. Su musa deja de sollozar y se inmuta, perpleja pero complacida. De pronto grita y ya no es por dolor sino por placer culposo.
La sangre se detiene aunque sigue herida. El hambre del ser de las tinieblas es persistente aunque decide detenerse, sólo por un instante. Mira los ojos de su amada. Acariciaba su cabellera, la huele y se embriaga en su olor de pureza e inocencia. Lo sabe. La ama y ella también.
© Emilia Justiniani - CHICA PROZAC
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